miércoles, febrero 01, 2012

El talento de Mr. Ripley, de Patricia Highsmith

Tanto tiempo allí, sobre la mesa, que Ripley se había convertido en un asiduo a los debates titulados ¿Qué voy a leer ahora?. Pero su peor enemiga, la pereza, siempre acababa por relegarle a puestos más oscuros aún a pesar de que todos me hablaban bien de él. Acostumbrado a su lugar secundario dentro de la bandeja de entrada, acurrucado entre los ejemplares que continuaban su saga, el talentoso Señor Ripley esperaba su oportunidad sin apenas creérselo. Cómo imaginar que el día que ésta llegara él iba a reaccionar tan rápidamente, asesinando los recuerdos de los libros leídos inmediatamente antes que él, comportándose como si fuera un amigo de toda la vida y viviendo a lo grande -¡ser leído!- por una maldita primera vez. [Seguir leyendo sobre El talento de Mr. Ripley, de Patricia Highsmith]

jueves, enero 26, 2012

Hay alternativas, de Vincenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón


La primera cosa que me hicieron aprender en mi primera clase de macroeconomía en la universidad era que los preceptos de la ciencia económica son siempre contrarios a la lógica. Cuando se planteaban problemas sobre cómo hacer crecer la economía nacional, y todos los alumnos de primero decíamos al unísono que haciendo que la gente tuviera más dinero, repartiendo mejor la riqueza, la profesora respondía que estábamos equivocados y que éramos unos ingenuos. La forma de hacer crecer a un país consistía en aumentar los recursos de los grandes empresarios –emprendedores lo deben de llamar ahora. Reduciendo sus impuestos para que crearan más empresas y por tanto hubiera más trabajo. Incluso subvencionando a aquellos empresarios extranjeros que quisieran montar una fábrica en España. Era entonces cuando nosotros, ingenuos, decíamos “¡eso provocará el pleno empleo!”. Y de nuevo nos corregían. El pleno empleo era una utopía, algo propio de un discurso de Walt Disney en los años 50. Ahora, en el mundo de verdad, el pleno empleo se considera una tasa de paro entorno al 4 o al 6 por ciento.

Aquello no me encajaba en absoluto. Una ciencia donde siempre has de estar pensando contrariamente a lo que parece lógico, siempre en tensión porque aquello que parece favorecer tus objetivos es el camino diametralmente opuesto al que has de seguir. Suspendí, lo cual también me pareció contrario a la lógica elemental, pero no me quedó más remedio que resignarme y matricularme al año siguiente con el único profesor que estaba libre, Diego Guerrero. Este profesor no hablaba de macroeconomía, sino de otra cosa que daba en llamar economistas heterodoxos. Su página web personal en la universidad abría con una fotografía de Marx y la Internacional de fondo. Toda una declaración de intenciones para quien, además, nos recomendaba cada día leer a Adam Smith. Aunque sólo fuera por cultura general. 

Con Diego Guerrero la economía parecía recobrar la lógica. No porque sus alumnos fueran marxistas –en realidad éramos todos repetidores- sino porque la economía que él enseñaba nos decía, por ejemplo, que si se quiere un Estado de bienestar como Suecia se debería repartir mejor la riqueza del país. Aprendí mucho en aquella clase, además de pasar el curso, pero una vez salía del aula sabía que en el resto del mundo esa no era la economía de la que se hablaba.

Porque, admitámoslo, nadie hacía ni puñetero caso de la ciencia económica alternativa hasta que el invento de las hipotecas subprime estalló por los aires. Los cursos de economía crítica estaban absolutamente vacíos y negar la reforma laboral era ser un utópico o un antipatriótico. “There is no alternative”, no había alternativa.

Pero la profunda crisis económica y de legitimidad que estamos sufriendo ha hecho que algo cambie en la sociedad. Hoy los cursos de economía crítica se llenan y mucha gente que hasta hace dos años renegaba de la política y de la economía, de cualquier cosa que fuera social, ahora reivindica mayor participación en todos los ámbitos de decisión y un mayor y mejor reparto de la riqueza. Hoy todo es posible porque hemos descubierto el poder del compartir y de participar. Pero si todo es posible ¿por dónde empezamos?

Hay alternativas en un libro que da respuestas. Escrito por los profesores Vincenç Navarro y Juan Torres López junto con Alberto Garzón, joven economista y diputado de Izquierda Unida por Málaga. Comienza con un análisis del origen de la crisis internacional y de las causas por las que España se ha visto tremendamente afectada por ella. Este análisis es certero. Quizás todos podríamos hacer un relato más o menos veraz de aquello que ha venido pasando desde finales de 2007, pero los autores lo realizan perfectamente justificado con cifras y datos. Tan es así que casi no dejan rendija para la disensión. 

Las posiciones de los autores son bien sencillas. La economía ha de estar al servicio de las personas, y no éstas al servicio de la economía. Con sus páginas rompen multitud de debates uniparadigmáticos que, apoyados por la prensa, nos conducen a varios callejones económicos sin salida. Rotas las dicotomías tradicionales, se dedican a poner cara y ojos a ese mal al que llamamos mercados, incidiendo en que éstos hacen lo que quieren porque nosotros –el Estado- no les ponemos ninguna traba. 

Los falsos debates económicos, que giran en torno a cuánto y cómo recortar derechos sociales, son debates en realidad políticos camuflados de tecnicismos que impiden a los ciudadanos su participación real en ellos. Hay alternativas utiliza un lenguaje sencillo, retoma la lógica que todos abandonamos en esa primera clase de macroeconomía y de manera muy divulgativa explica cómo podemos superar la actual situación de crisis sin empobrecernos económica, pero sobretodo políticamente, aún más.

Pero no sólo de heterodoxos puede vivir el hombre. Últimamente me he encontrado en foros con pensadores de corte liberal que, ahora sí, se están viendo obligados por la realidad a realizar exactamente el mismo análisis de la crisis que el libro Hay alternativas. La diferencia es que mientras que los liberales proponen como solución la rebaja de los impuestos y de los salarios para aumentar la competitividad, los tres economistas que firman este libro aseguran que eso sólo traerá más pobreza y aumentará el tiempo de recuperación de la crisis para la mayoría de la sociedad. Que será a través de un sistema fiscal justo, de una reforma nacional e internacional de la economía que asegure un control de los mercados financieros, del incremento del poder adquisitivo de las clases populares –subida de salarios- y la promoción de las PYMES –frente al gran empresariado- la única forma de salir de ésta. 

Hay alternativas es un libro didáctico de economía, divulgativo, que explica cómo funcionan aquellos resortes económicos que controlan nuestras vidas y cómo podemos hacerlos funcionar a nuestro favor.  Se trata del libro de economía para hacer la revolución en familia, pues lo pueden leer y entender perfectamente desde el adolescente retraído hasta la abuela del "Hijo, tú no te signifiques". Al final la cosa no es tan complicada. ¡Es la política, estúpido!

El libro se puede comprar en cualquier librería por 10€, editado por Sequitur, pero también se puede descargar gratuitamente a través de este enlace a la interesantísima web de Vincenç Navarro.

jueves, enero 12, 2012

Crónicas de Jerusalén, de Guy Delisle


A nadie le gustan las novelas. O los libros. A todos nos gusta tal o cual autor. Tal o cual libro. Pasa igual con los géneros. Te puede gustar la literatura policiaca en general, porque te gusten los temas que suelen tratar. Pero existirá mucha literatura policía a la que ni te acercarías por miedo a que fuera ella quien te destripara a ti.

A mí me pasa lo mismo con el cómic. No es que me guste, en términos generales. Es que existen unos autores que sí me gustan lo que cuentan y cómo lo cuentan. Un estilo determinado de cómic. Me pasa con Jason y también con Eisner. Pero sobretodo me pasa con Guy Delisle.

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sábado, noviembre 26, 2011

Esquizofrenia bancaria


Trabajé en un banco. Como no me gusta hacer publicidad, diremos que trabajé en el Banco del Refresco, por aquello de su característico color naranja corporativo y su última campaña publicitaria. Ocurrió durante mis años de estudiante. A través de una pequeña ETT entré a trabajar en su departamento de administración. No era extraño que el Banco del Refresco contratara gente a las empresas de trabajo temporal. De hecho, casi toda la plantilla que gestionaba las operaciones de los clientes trabajaba con contrato temporal, por obra y servicio. Había dos niveles. Por una parte los que trabajábamos por una ETT pequeña -filial de una más grande- que cobrábamos apenas 600€ por media jornada laboral. A un estudiante como yo aquello le parecía aceptable. Los inconvenientes venían del tipo de trabajo -automatizado- y de las condiciones no escritas. Cuando las cosas iban mal, es decir cuando había demasiado trabajo para los pocos que éramos, se nos prohibía hablar entre nosotros. Cuando la cosa iba bien, es decir cuando el nivel de trabajo acumulado era inferior, se despedía a unos cuantos de un día para otro. Sí, de un día para otro. Legalmente se estimaba que la obra y servicio había terminado, a pesar de que allí dentro hubiera gente que llevaba años trabajando para la misma obra y el mismo servicio. La cosa es que te ibas a tu casa a las tres de la tarde y sobre las cinco te llamaban para decirte que no volvieras al día siguiente, que ni una goma de borrar te dejaban coger. Por supuesto los del Banco del Refresco no daban la cara, era la ETT pequeña la que te llamaba.

La otra mitad de la plantilla, ya con trabajos de mayor responsabilidad y mayor cualificación que un estudiante como yo, también trabajaba a través de una ETT. Ésta era la madre de la que me tenía a mí contratado. Pagaban unos 1.000 euros raspados al mes por una jornada laboral de 40 horas. Cada persona incrustada en su cubículo, en su mayoría jóvenes de barrios buenos para los que comprarse un coche deportivo con esos 1.000 euros era todo un objetivo vital. Entrar a formar parte de la reducida plantilla de banco era casi misión imposible, aunque veías a muchos de ellos matarse por hacerse con un puesto para el que no sabían qué cualidades necesitaban ni qué condiciones les ofrecerían.

Este era el banco que, por aquellos días, ofrecía un 6% de interés a todos sus clientes. Como churros caían. A todo el mundo le interesaba tener sus ahorros en un banco que le diera tanto dinero por ello, sin preocuparse de si el banco trataba bien o no a sus empleados. Sin preocuparse de si sus operaciones -había gente que incluso enviaba cheques por correo- las gestionaba gente cualificada o estudiantes como yo que necesitaban el dinero para poder pagarse el postgrado. El cliente sólo veía, y sólo quería ver, el tanto por ciento de interés que habían prometido. La vida es dura, chaval, te decían. Al cliente qué le importa si tú no tienes derechos laborales si al final tiene el interés acordado.

Y dejé el sector bancario. En cuanto obtuve lo suficiente para pagarme mi postgrado salí de allí pitando. Sin embargo, casi al mismo tiempo, personas de mi entorno más cercano comenzaron a trabajar en otro banco, al que por su logotipo llamaremos el Banco del Mechero. Por entonces, año 2005, el sector bancario era un mercado laboral en alza. La zapatería de toda la vida del barrio se transformaba en una sucursal del Banco del Mechero. Videoclubs, inmobiliarias, Todo a cien y sucursales bancarias. Parecía que los barrios no necesitaban otra cosa. El trabajo en el Banco del Mechero era y es claro. Se trata de vender cualquier producto, de colocar lo incolocable, y a cambio los señores del banco dan buenos sueldos, créditos personales baratos y esa ficticia sensación de que eres aspirante a la clase alta de la sociedad. 

Sin embargo el pacto laboral no sólo incluye un esfuerzo sobrehumano por parte del empleado. También exige la disposición total y absoluta de tu tiempo y de tu espacio. Es habitual tener que quedarse hasta tarde en la oficina -como en muchos otros trabajos- o que, de una semana para otra, te trasladen de ciudad. 

Hola Francisco, ¿Qué tal estás en esa oficina de la Universidad de Murcia? ¿Bien? Genial, perfecto... Oye te llamo para decirte que el lunes te incorporas a una oficina de la Universidad de Zaragoza... Sí, ya sé, ya... Bueno, también puedes decidir no aceptarlo, lo que pasa es que el lunes entra en tu oficina una persona nueva para sustituirte que, mira qué casualidad, nació y se crió en Zaragoza. ¿Qué por qué no va él a Zaragoza? Bueno... eso es criterio del banco. En fin, ¿qué me dices?”.

Cuando has recibido y aceptado este tipo de acuerdos varias veces, al final te conviertes en un soldado del ejército del mechero. Es inevitable, has invertido demasiado personalmente como para aceptar que el camino no tiene salida. Tu misión viene definida por tus superiores más directos. Este mes tienes que colocar 40 tarjetas de crédito. Este trimestre tienes que hacer 20 hipotecas. Este año necesitas 300 cuentas nuevas. Sólo cumpliendo estos objetivos seguirás siendo un buen soldado. Si bajas en tu media, recibirás un fuerte rapapolvo público, todos aquellos compañeros tuyos que hasta hacía dos años ni te importaban lo más mínimo ahora pensarán que eres un vago, y eso no lo puedes tolerar. De manera que conviertes a cualquier persona que cruce la puerta de tu oficina en un señor hipotecable, o creditable, o en una cuenta con patas.

La facilidad con que la gente abría cuentas al 6% sin preguntarse de dónde salía su dinero -de los derechos laborales de los empleados del banco, ya se lo digo yo- sólo se corresponde con la facilidad con que los bancos ofrecían productos financieros a las economías más débiles de la sociedad. El mismo trabajador del Banco del Refresco que podía ser despedido de un día para otro era capaz de contratar una hipoteca a 30 años, con un 7% de interés, ofrecida por el trabajador del Banco del Mechero. Si luego no podía pagar, sería cosa del nuevo pardillo que pusieran los del mechero a dirigir la oficina desde la que se concedió la hipoteca.  

Pero el precio de la vivienda subía. Y si el trabajador del Banco del Refresco podía ahorrar pero no llegaba a poder pagarse una vivienda, desde el Banco del Mechero le ofrecían colocar sus ahorros en un fondo de inversiones que, vaya casualidad, se dedicaba a invertir en el mercado inmobiliario. Es decir, a evitar la caída del precio de la vivienda. Pero de nuevo lo que se miraba era el 10% de interés que habían prometido al pequeño inversor, anteriormente conocido como trabajador por obra y servicio del Banco del Refresco.

Ahora todo este sistema está estallando por los aires debido a la crisis económica. Como en muchas trincheras, para que la granada no alcance al capitán siempre hay un buen soldado que salta encima sobre ella, queda hecho mil pedazos y permite que la guerra continúe. 

El sector bancario es una industria de la especulación. Ya sea ofreciendo a sus trabajadores vender su vida a la idea de que ser clase media es de gente torpe y con moralina, ya sea ofreciendo a los clientes en general productos financieros que, vistos de una manera global, torpedean cualquier intento de mejorar un poco sus condiciones de vida. Es fácil convertirse en soldado de esta guerra, y también es fácil que seas tú el elegido para saltar sobre la granada que salve al Capitán  al Comandante en Jefe y permita seguir guerreando.

Con los bancos tenemos una relación un poco esquizofrénica: les damos nuestro dinero para que no se lo presten a gente como nosotros, de inestabilidad laboral y tendencia a pedir créditos de riesgo. Por eso siempre es mejor ganar el dinero con tu propio trabajo, sin necesidad de contratar inversiones o fondos. Por eso siempre es necesario preguntarse por la responsabilidad social y política de tu trabajo diario, aunque seas también un trabajador de la banca.  Por eso es necesario preguntarse si esta guerra era necesaria para nuestras vidas, naciones o patrias, o si en realidad era imprescindible para encontrar gente que salte sobre la granada que enriquece a otros.

miércoles, octubre 26, 2011

Hora de comprometerse


O carta a un amigo nicaragüense y otro que se quedó en Madrid, pero que también sirve para todo el mundo.

Ilustración de Ellen Monahan Holly
Tantas discusiones y tantas charlas alrededor de infinitos temas que es normal que ahora que estamos separados y twitter entra en funcionamiento la dinámica sea la misma. Y también es normal que, siendo como somos gente política, las discusiones giren siempre en torno a la crisis de legitimidad que actualmente vivimos.

Los problemas sociales a los que nos enfrentamos ya no son los mismos. Se pueden parecer a los que teníamos allá por inicios de 2008, pero la crisis económica tan profunda que se ha sucedido desde entonces ha terminado por socavar la legitimidad institucional de administraciones, partidos políticos, organizaciones sindicales y medios de comunicación. 9,3 millones de pobres en España –según los últimos datos del INE- son muchos pobres como para que todo siga igual, sin resentirse. Los grandes partidos continuarán con sus 10 millones de votos –puede que esta vez el PSOE obtenga algo menos- pero el sentimiento de ilegitimidad aumenta y se expresa de muy diversas maneras. Con desidia política la mayor de las veces, con indignación de un círculo reducido de personas en otros casos.

Y nosotros, desde nuestra aquiescencia política de ver las cosas desde fuera, sin mojarnos y tras la pantalla del análisis politológico, hemos presupuesto que no hay nadie digno de compartir nuestra lucha silenciosa. Y nos quedamos en casa con nuestro proyecto personal totalizador. Totalizador no porque pretendamos que la sociedad comulgue con nuestras ideas por las buenas o por las malas, sino porque pretendemos que cualquier grupo político al que nos adscribamos participe de la totalidad de nuestras ideas y vea las cosas tal y como nosotros las vemos. En caso contrario nos escondemos en términos como la ceguera política de los demás o la incapacidad del sistema para asumir las soluciones más técnicas que nosotros proponemos. Miramos a Francia, Inglaterra, Estados Unidos y observamos en sus regímenes políticos, en sus sociedades o en sus principios constitucionales, elementos que nos gustaría que asumieran como nuestros la propia sociedad a la que pertenecemos. Y sin embargo no somos capaces de entender que es en la participación social y política en donde se juega el futuro de nuestras ideas.

Participar o comprometerse con un grupo consiste en llegar a ese grupo con tu propia visión de cómo se han de hacer las cosas, pero también con la predisposición de escuchar a los demás y la voluntad de renunciar a algunas ideas propias a cambio de que otras se conviertan en ideas comunes. Consiste en renunciar al proyecto personal totalizador a cambio de unir fuerzas con otros que podrán tener también conocimientos técnicos o no, pero que se muestran dispuestos a generar un cambio en la sociedad a favor de unos principios políticos similares a los tuyos.

Es de esta forma como se cambian las sociedades, como las realidades políticas se modifican. Es de esta forma que los grupos en los que no participamos y no participaríamos jamás están implementando sus proyectos políticos, trabajando en contra de los nuestros, generándonos más indignación silenciosa, más desidia política y, sobretodo, más aislacionismo personal.

Considero, por tanto, que es necesario que participemos, que cada uno de nosotros escoja un grupo político en el que, por tradición personal, visión política o simplemente cercanía, pueda sentirse cómodo al participar. Quizás no coincidamos en la elección del grupo político en el que participar, pero siendo sólo uno, dos o tres no podríamos jamás constituirnos en un grupo capaz de cambiar la sociedad. Los tiempos de la vanguardia universitaria, donde un rotulador y un megáfono movilizaban al 90% de la comunidad han quedado muy atrás para nosotros. Y sólo existen dos caminos. Buscarnos un hueco en la sociedad que nos permita participar políticamente, ser actores y protagonistas de la acción política, o ser consumidos por nuestra indignación, desidia y absentismo social. Ya sabemos que participar tiene el precio de varias de nuestras ideas, pero el camino contrario nos lleva a quedarnos solos en casa, vestidos con nuestros harapos de escepticismo político, compartiendo quejas y refunfuños escépticos con otros como nosotros, y viendo cómo todo esto que se llama Estado y que tanto apreciábamos se pierde por el sumidero.

lunes, septiembre 05, 2011

Lamentaciones de un prepucio, de Shalom Auslander

Admitámoslo. Con un título como éste es casi imposible que tu espíritu gamberro, ese que aún te anima a contar chistes escatológicos en cuanto tienes la oportunidad, no te obligue a abrir el libro. Dicho y hecho.

La librería era un nido de silencio. Esos silencios que sólo albergan ciertas librerías los días después de las grandes compras. Claro, si haces el Sant Jordi una semana más tarde de lo que corresponde parece que ha pasado un huracán por la librería. Estanterías semivacías, con los ejemplares apilados en algunas esquinas, otros torcidos, apoyándose en sus compañeros como si necesitasen reposar de tanto esfuerzo, las mesas casi vacías y desordenadas.

El ambiente post catastrófico se había trasladado a los pocos clientes que allí nos juntamos una tarde. Pocas miradas y muchas menos palabras, con un único y constante sonido de fondo del teclear del ordenador de la dependienta. Y, casi sin querer, te topas con un libroLamentaciones de un prepucio. Se activa entonces ese espíritu gamberro que abre el libro, lee la primera página y enciende dentro de ti ese pequeño saco de la risa. Te sacudes en mitad de unas carcajadas incontroladas y comienzas a pensar que tu vida no estará completa hasta que hayas podido leer y reírte este libro. [Seguir leyendo sobre Lamentaciones de un prepucio, de Shalom Auslander]